SADE Villa María

12 octubre 2006

La travesía - Nemesio Martín Román

Primer Premio

El hombre detuvo al camello que montaba y con la mano a modo de visera, respirando lentamente para optimizar la visión, observó el cielo. A lo lejos, la reverberación solar con sus juegos caprichosos producía una variada serie de extraños efectos ópticos.

Al corroborar su presunción un escalofrío le recorrió la espina dorsal. -Carroñeros-murmuró.

El muchachito -primogénito del Jeque[1] Falehp Al-Bataar del Kel-Talgimuss[2]-, se arrastraba penosamente bajo los hirientes rayos del sol; su aspecto evidenciaba el cruel tormento sufrido y las múltiples marcas en la arena proclamaban lo absurdo e inútil de su esfuerzo; llevaba horas reptando en el mismo lugar. Disminuidas sus facultades, giraba y giraba, sin apreciar la protección -aunque escasa- que ofrecían algunos matorrales cercanos. No podía ver, y mucho menos, razonar.

Conocedor del desierto, calculó la distancia y el tiempo necesario para cubrirla. Exigiría un gran esfuerzo a la pobre bestia. Atravesar en ese horario aquellas arenas ardientes era una locura, un suicidio; pero la extrema gravedad del caso lo imponía.

Con un suave taloneo lanzó a su montura en veloz carrera y extrajo de la chilaba[3] el narguile[4]; fumar le ayudaría a calmar la ansiedad. -¡Ojalá llegue a tiempo!- musitó.

A pocos pasos, un lagarto alternaba entre la sombra de la raquítica vegetación y el sol, regulando la temperatura de su cuerpo. Al ser un animal de sangre fría, su sistema orgánico carecía de refrigeración; por lo tanto, transcurría las horas del día en aquel incesante trajín; de un suelo candente hasta ese precario refugio, ligeramente más fresco.

No advirtió la incesante actividad del pequeño saurio. Sin noción de tiempo o espacio, sólo su excelente estado físico y una poderosa fuerza interior lo mantenían vivo.

Nassif taloneó una vez más a "Tulipán"; el joven camélido jadeaba y tosía, denotábase su empeño por avanzar más rápido y también la imposibilidad de hacerlo; llevaba más de una hora galopando, superando pronunciadas dunas; aunque debió rodear las últimas, su energía disminuía paulatinamente.

Los graznidos de los buitres aumentando en intensidad provocaron en él una leve reacción, más mecánica e instintiva que racional. Pareció que el peligro alertara su mente obnubilada; intentó espantar a los pajarracos que sobrevolaban en círculos cada vez más bajos, prestos para el festín, no pudo hacerlo; los brazos se negaron a obedecer. Por último, tras ingentes esfuerzos logró apoyarse sobre un codo y levantar la cara; tenía los ojos cegados por la prolongada exposición al sol; el fin estaba próximo. Quiso gritar, le resultó imposible; notó la mandíbula apretada, la lengua había alcanzado proporciones alarmantes, hasta convertirse en una enorme masa de carne informe e insensible; creyó incluso que se la habían arrancado. Sumido en la brumosa semiinconsciencia, emitía palabras inconexas; por último, exhaló un gemido y quedó inmóvil con el rostro sobre la arena.

Se aproximaba al sitio donde divisara las aves de presa; faltaba un último esfuerzo.

-Vamos, Tulipán, ¡tú puedes hacerlo!- El fiel animal, como entendiendo y obediente al pedido de su dueño, aceleró el paso e inició la ascensión de un elevado montículo de arena; ya en la cima cayó de rodillas, exhausto. Nassif le acarició la cabeza pronunciando en su oreja palabras de aliento y lo ayudó a tenderse en el suelo. Dejó descansando a su acémila y reemprendió la marcha. A poco andar divisó un bulto inmóvil sobre la arena y algunos buitres atacándolo.

Como en un sueño, escuchó detonaciones; luego, la bruma retornó a su cerebro. Tuvo conciencia del mundo y de sí mismo mucho más tarde, casi anocheciendo; miró en derredor asombrado. La manta de pieles sobre la que estaba acostado cerca del agua y las alegres llamaradas de una fogata indicaban la presencia de seres humanos. El pequeño manantial bajo las palmeras le pareció una bendición. ¡Agua limpia y fresca! Se sintió bastante bien, aunque casi no veía. Sus dedos recorrieron la cadena de plata y acariciaron el medallón con la efigie de un camello y dos cimitarras en cruz en la base; distintivo de su rango dentro de la tribu. Lo sobresaltó un disparo cercano. Luego, en medio del más completo silencio, se durmió. Rememoró en sus sueños cómo era seducido con engaños, arrancado del seno familiar y abandonado a su suerte en medio del desierto. Despertó en la oscuridad, alguien llegaba cantando. El hombre se acercó sonriente.

-¡Estás despierto! ¿Cómo te sientes?

-Bien... muy bien. Te debo la vida...

-No tiene importancia. En todo caso, agradece a mi camello, él te salvó. Llegamos muy a tiempo, disparé sobre los buitres que tenías encima; por suerte no te hicieron daño.

-¿Qué lugar es este?

-El mejor. Estamos en el Oasis de los Venados, abrevan aquí; se espantaron al vernos pero volverán cuando tengan sed. ¡Mira!, cacé uno cuando huían; su carne es exquisita -dijo el árabe, aprestándose a desatar la presa, que se columpiaba, sujeta a la montura por una correa de cuero.

Mientras observaba a su salvador, metió la ampollada mano en el agua fresca y derramó un poco sobre las quemaduras de su rostro; sintió la caricia del líquido en la cara y sonriendo ante tanta felicidad, se dispuso a descansar... descansar... des... can...

Las facciones del joven causaban espanto. Una ojeada le sobró para hacerse un cuadro de situación; las cuencas vacías de los ojos eran mudo y elocuente testimonio del horroroso martirio sufrido. Convencido de que podía hacer muy poco por aquel infortunado, se inclinó sobre él sosteniendo la cantimplora; un sorbito le aliviaría en parte, vertió unas gotas en la cara del desdichado, lo vio sonreír y... Detuvo su accionar; quedó con la mano en alto; era inútil, no requería más cuidados. Ante ese paso sutil, inexorable e involuntario, el breve tránsito de la vida a la muerte; una inmensa mezcla de rabiosa impotencia y compasión dominaron su espíritu.

No era la primera vez que se encontraba cara a cara con la parca, y siempre que ocurría experimentaba lo mismo.

La dolorosa certeza de la pequeñez del hombre.

¡El Hombre! ¡El Hombre…!

Un diminuto grano de arena en el infinito desierto del cosmos.


[1]) Jeque: Título jerárquico: jefe, señor, etc. /Nota del Autor.

[2]) Kel-Talgimuss: “Pueblo del Velo”, grupo tribal y religioso árabe. /N. A.

[3]) Chilaba: Vestidura con capucha, preferentemente blanca o de colores claros, usada en el desierto. /N. A.

[4]) Narguile: Especie de boquilla para fumar; de caña, hueso, etc. /N. A.

 

Nemesio Martín Román, Arias - Córdoba

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